¿Nos volvemos cada vez más tontos?
http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=895358
Por Oscar R. Puiggrós
Para LA NACION
Un título similar es el de una nota que Erika Wisselink publicó en la Revista de Occidente , en 1964. La autora, profesora de filosofía en Stuttgart, nos lleva con su análisis de hace 40 años a asegurar que su pregunta tiene hoy tanta o aún mayor vigencia en el conflictivo mundo actual y en nuestra Argentina siempre en crisis.
Los progresos de la ciencia y de la técnica que caracterizaron a este último siglo y a los primeros años del XXI han ampliado los conocimientos para mejorar la salud, prorrogar la vejez, hacer la vida más segura y feliz. Sin embargo, seguimos padeciendo las inclinaciones perversas del rencor, la violencia, el incontrolable atractivo del ejercicio del poder y los intereses desenfrenados de todo orden que nos abruman; pero los ciudadanos seguimos -insensatos- sólo como temblorosos espectadores y vanos comentaristas. La civilización puesta a prueba , de Toynbee; La decadencia de Occidente , de Spengler; la original Rebelión en la granja y 1984 , de Orwell, y tantos otros, poco efecto han tenido para cambiar el rumbo a las aspiraciones y al manejo del poder descontrolado, de los excesos para defender intereses y también convicciones religiosas que en los hechos no se caracterizan por su preocupación por la paz y por la fraternidad con "el otro" distinto, y esto ocurre tanto con los irresponsables que inventaron la inútil "guerra preventiva" -condenados de entrada por algunos pocos, entre ellos el papa Juan Pablo II-, como por lo de los otros extremos del terrorismo que incurren en igual "tontería".
Los resultados están a la vista, por desgracia, la historia se limita más a un recuerdo que a una enseñanza eficaz.
En los últimos tiempos, la historia ha incorporado experiencias ampliamente superiores a las de varios siglos anteriores, pero, sin embargo, no somos expertos en la paz y en muchas otras materias. El comunismo de la Unión Soviética se derrumbó; de Mussolini, Stalin, Hitler y otros tiranos, nada queda; los socialismos se liberalizan; el capitalismo ya está en el escenario compitiendo duramente y dando cuenta de sus debilidades en necesaria y forzada humanización; pequeños y audaces líderes ideólogos todavía sobreviven, a pesar de los débiles soportes de su mayoría precaria.
Nunca los hombres supieron tanto como ahora. Se dice que viven más sabios que todos los que registra la historia. Viajes espaciales, aviones a reacción, televisión, celulares, rascacielos, energía atómica, comunicaciones y transportes, todos estos avances pueden facilitar y estimular una existencia pacífica y feliz; pero a pesar de esos progresos que nos permiten lograr beneficios reales, seguimos dominados por inclinaciones tan tontas como perversas: nos ensañamos contra la naturaleza, contaminamos el agua y el aire, talamos los bosques, no corregimos los excesos del ruido, toleramos la producción, distribución y consumo de la droga (suicidio de los países "más adelantados"), azuzamos y promovemos los rencores individuales y colectivos, son menos los que trabajan por la concordia que los que cultivan el resentimiento... y viven de él.
La educación de la juventud -diría que casi "todos"- reclama una atención impostergable. La lectura, la correspondencia y aún la conversación decaen; los conocimientos y la información se alimentan por imágenes, por medio de la televisión -varias horas diarias-, y así la visión ocupa el lugar del esfuerzo intelectual, de la imaginación creativa y del pensamiento ajeno que se recibe enlatado en transmisiones del más despreciable nivel ético y cultural (hoy Gran Hermano está a la cabeza del rating juvenil y de la estupidez y la degradación).
Claro, se explica entonces que el estado actual de la humanidad, a pesar de que nunca hubo tantos sabios, muestre incontables agujeros negros y amplios espacios sin control que facilitan la intransigencia con las opiniones, intereses, creencias y gustos ajenos y los extremos de la violencia y el terrorismo. Hoy vemos azorados la aparición de la nueva "profesión" de los suicidas, que no mueren como los mártires de la vieja Roma, sacrificados por una fe que enseñaba la paz y el amor, incluso el perdón para sus verdugos. Será bueno recordarlo.
En Paideia , de Jaeger, se analiza el orden jurídico de la noble Grecia, sus efectos positivos y sus resultados deplorables cuando se lo debilita. La preeminencia del derecho es ineludible, y Solón proclama que, a pesar de sus períodos de retroceso, siempre vuelve, y cuando se pasa por encima de él, el castigo es inevitable. Hoy, esa pena no es -como decía Hesíodo- las malas cosechas o la peste, sino el desorden social y la violación de la justicia; surgen luego las disensiones internas y se llega a la desventura generalizada.
La tarea política parece olvidar estos luminosos antecedentes. La retórica enseña las reglas del buen decir, es un medio propio de la acción política, y Sócrates la ataca con la mayor dureza por su indiferencia moral y puro formalismo, que la convierte en un mero instrumento para la lucha sin escrúpulos en la contienda pública. Será útil recordar estas observaciones en la campaña electoral, que ya empieza a mostrar signos de desmesura. La falta de respeto al otro de diferentes ideas, que se convierte en adversario y luego en enemigo, a quien hay que desacreditar y, finalmente, colocar fuera del sistema y destruir políticamente, es obvio que así la convivencia ciudadana se vuelve imposible.
Cicerón parece haber escrito ayer, después de conocer nuestras últimas noticias. El poder y la ley, dice, no son sinónimos, y con frecuencia están en irreductible oposición. Tiene razón: el poder siempre es efímero, transitorio, aunque por cualquier maniobra se logre prolongarlo; la ley no. Si pasa por crisis vuelve y castiga. Cicerón agrega que el hombre civilizado es inmune frente a las aclamaciones pasajeras, las novedades superficiales, las modas del pensamiento, las hazañas o las tormentas emocionales. ¿No es cierto que es oportuno recordarlo? Cuando una sociedad se vuelve corrupta y cínica, prefiere el poder de los hombres al gobierno de la ley, va entonces camino a su propia destrucción, aparecen los déspotas con mil "explicaciones", excusas y artificios atractivos.
En materia política, seguimos teniendo demasiadas percepciones y escasos conceptos. Las ideas se analizan ligeramente y apenas se actúa con prudencia. Así caemos en absurdos espasmos golpistas contra presidentes ejemplares por su honradez o por su talento de estadista. Ni qué hablar del estilo con que se afrontan ciertas relaciones exteriores, el imprudente uso de la fuerza contra la ley y el diálogo y el agravio temperamental contra débiles y fuertes.
Las ideologías -hoy desacreditadas- se enfrentan con el pragmatismo inevitable en la gestión de los gobiernos. De ahí la necesidad de abandonar las confusiones en que se incurre, por ejemplo, cuando se habla de izquierdas y derechas o zurdos y reaccionarios. En esta etapa de la evolución política universal y de nuestra región americana (Brasil, Uruguay, Chile, México, etc.), los calificativos fundados en ideologías chocan con la conducta de gobiernos impulsados por la necesidad de resolver los problemas que los pueblos reclaman, al margen de las recetas intelectuales que la experiencia ya reconoce inservibles.
Los valores que sostienen a la democracia son bien conocidos, algo hemos comentado en párrafos anteriores. Quienes ejercen el poder y quienes lo procuran no los ignoran. Olvidarlos y seguir la senda de la aventura personal, de la ambición desmedida y de los reiterados fracasos que nuestros antecedentes nos han dolorosamente mostrado nos llevará a recaer en los mismos desatinos.
Estos comentarios apuntan a nuestro proceso electoral, que será un test y un examen general autocrítico.
Nos hemos familiarizado con el desorden, que además de ser una caricatura de la libertad, ya da los primeros pasos hacia la anarquía, tradicional antecedente de la dictadura. Las cotidianas noticias inocultables son una abrumadora pesadilla que el poder político no puede o no quiere corregir. Sus víctimas son los más débiles e indefensos.
¿Nos estamos volviendo tontos o estamos en el camino de volvernos inteligentes? El 28 de octubre lo sabremos. Sería lamentable que tuviéramos que quitar los interrogantes al título que hemos puesto a esta nota.
El autor fue ministro de Trabajo (1962) y de Bienestar Social (1972).
jueves, 29 de marzo de 2007
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